Sobre el 68 – Por Plinio Soto Muerza

El pasado lunes 2 de octubre se cumplieron 49 años de los sucesos de Tlatelolco en la Ciudad de México. Desde entonces, infinidad de textos se han escrito sobre el tema, pero siempre los contextos le imprimen a los artículos connotaciones diferentes. Así en los primeros diez años, el recuerdo de la matanza de Tlatelolco estaba a flor de piel, y muchos de sus protagonistas estaban en las trincheras de lucha por la democracia;  se vivía aún bajo el régimen autoritario del partido único y del todopoderoso presidencialismo.

Para el vigésimo aniversario, los sucesos de Tlatelolco eran ya la referencia obligada para comprender los cambios políticos que se avizoraban y se vivían en la sociedad mexicana. El triunfo cultural del movimiento del 68 era incuestionable, y desde múltiples perspectivas, el movimiento estudiantil era el suceso fundacional de los cambios políticos y sociales de México en su segunda mitad del siglo XX; la generación que tenían 20 años en el 68, hacia el 88 con 40 años en promedio, dictaban conferencias, daban clases, habían escritos libros, daban al país un recuerdo vivo que se mantenía a lo largo de la historia, como un acontecimiento que cambió el rumbo del país.

Hacia el aniversario trigésimo, el país agradecía a la generación del 68 sus aportaciones y su sacrificio. Muchos de los jóvenes de aquel verano eran parte fundamental de las esferas de las decisiones públicas. Desde la izquierda mexicana, que se convirtió desde muy temprano en heredera del movimiento, muchos de sus dirigentes políticos, culturales y sociales, eran figuras destacadísimas del acontecer nacional, pero atrás tenían ya una nueva generación que había surgido en el 88 y que presionaba porque los espacios abiertos eran ya insuficientes. El recuerdo del 68 se mantenía vivo pero ya era cuestionado por nuevas generaciones que estaban hartas de la mistificación del movimiento y que veían que la transición democrática no era lo que habían esperado.

En el treinta aniversario la influencia del zapatismo armado de Chiapas impactaba, y pronto una nueva generación de estudiantes aparecería, Si bien, el nuevo Consejo General de Huelga (CNH) en la huelga de la UNAM en el 99 retomaría en esencia lo propuesto en el lejano 68, los nuevos activistas aportarían nuevos esquemas de comprensión de la juventud. Una marcha de recuerdo del 2 de octubre bajo el neoliberalismo, ya no era lo mismo que una marcha apenas diez años antes. Si la consigna era “No se olvida”, el grito en el Zócalo tenía otra connotación diferente cuando las nuevas tribus urbanas tomaban la calle para decir que las causas del movimiento estudiantil eran las mismas y que la democracia prometida no solucionaba nada bajo un modelo neoliberal que privatizaba todo cuanto se encontraba a su paso.

Para el cuarenta aniversario del 2 de Octubre, el desencanto cundía entre los asistentes a los actos programados; cines, obras de teatro, conferencias, mesas redondas, la institucionalización del recuerdo le restaba fuerza simbólica a la gesta de los estudiantes. Ya no sólo la camisa del “Che” vendida en un Sanborns era parte del mercado, sino ahora el movimiento del 68 se debatía en ser un producto más del mercadeo. A cuarenta años el recuerdo del 68 se estrellaba con las promesas incumplidas, con una democracia que no lo era y con un nuevo fraude apenas escrito dos años antes. En la marcha por los 40 años me tocó presenciar a un grupo de jóvenes ceceacheros que airadamente reclamaban a un funcionario del Gobierno de la Ciudad de México, ex ceceachero también y asiduo participante de las marchas durante toda su juventud, que era un vendido neoliberal; la pregunta si el olvido de las causas del 68 era ya el común denominador que había desatado la furia de los jóvenes ceceacheros.

A un año de los cincuenta años de los sucesos de la plaza de la Tres Culturas en Tlatelolco, la pregunta sobre el significado del movimiento estudiantil y la represión gubernamental es a todas luces diferente en contexto y significado. En medio de una atroz guerra en todo el territorio nacional, donde los caídos son principalmente jóvenes, y donde el tema de los desaparecidos es una verdadera tragedia que cada día se agrava; donde ya no sólo es Tlatelolco, es Aguas Blancas, es Acteal, es Ayotzinapa, y son tantas las tristezas y las derrotas, que pareciera que el 68 ya es sólo una fecha más en el calendario cívico anual mexicano.

Para muchos, ya no basta que se recuerde que el 68 marcó un parteaguas en la historia del país, y que los sucesos de aquel verano le dieron sentido a un lento proceso de transición democrática. Hoy a 49 años el triunfo cultural del movimiento del 68 es parte ya de la normalidad histórica, pero el triunfo político dista mucho de ser una realidad. Llevamos muchos años esperando se haga justicia, y nada parece caminar en ese sentido de la historia. Para algunos, el recuerdo del movimiento esta en medio de una serie de clichés que son ya parte del mercado, y por el otro lado, se debate en su pertinencia de ser recordado como una gesta única e irrepetible o ser el motor aún de la rebeldía para derrotar a un régimen autoritario que persiste en la República.

 

Si el 68 marcó un antes y un después en la historia moderna de México, ya es hora que se levanten de nueva cuenta las banderas de ese ayer y se pongan al lado de las nuevas historias. Creo que ya no hay que hablar del 68 como un pasado que cada año es más remoto, sino que hay hablarlo como un presente que inspire y que se enlace con las nuevas causas de las nuevas rebeldías.

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